sábado, enero 06, 2007

Por qué el reguetón encarna la decadencia de Occidente


El ser humano formula sus proyectos según una escala de valoración cambiante, según los medios y fines disponibles. La disponibilidad de los mismos depende de su contexto, de su sociedad, pues la posibilidad de éxito o error de un medio para un fin se somete a una valoración individual pero también intersubjetiva. Los medios que se extienden por su éxito (entiéndase en adelante éxito como el uso eficaz de un medio para un fin determinado) a escala intersubjetiva -social- se vuelven comportamientos pautados y repetitivos. En palabras del prof. Jesús Huerta de Soto, se vuelven instituciones. Las instituciones surgen espontáneamente entonces de la interacción libre entre sujetos de distintas eras, distintas capas sociales y distintas locaciones geográficas, como son el caso del lenguaje, los títulos de propiedad, el contrato impreso, el dinero, la empresa comercial, la banca, la ley mercantil (los casos más estudiados por la Escuela Austríaca de Economía o el NeoInstitucionalismo de Douglass North) y un sinnúmero de otros que tenemos a nuestro alrededor a diario. Tienen en común el que favorecen el éxito del individuo en sociedad y de la sociedad misma (las mejores prácticas sociales permiten el éxito relativo de ellas en el planeta, según la observación sociológica de F.A. Hayek). Se institucionaliza de forma espontánea o vuelve de uso común, entonces, lo que lleva al éxito de la persona o el grupo.


Citaremos un trabajo inédito de Juan Ramón Rallo, que sintetiza las características de las instituciones formadas en un orden libre, es decir, espontáneas: "....las seis características genéricas que trazamos con respecto a las instituciones: a) ausencia de autor o mente creadora concreta, b) continua evolución descentralizada de las mismas a través del mecanismo de prueba y error, c) utilidad que le atribuyen sus participantes, d) la voluntariedad, e) la estabilidad y f) autocorrección."


Sin embargo la persona y el grupo funcionan en un entorno a su vez institucionalizado. Desde hace poco más de 100 años, una institución artificial ha dominado la escena humana: el Estado. Es una forma de gobierno o gobernanza que surge una y otra vez en la historia cuando un grupo de personas logra monopolizar el uso de la fuerza y por medio de ella, las decisiones de última instancia cuando surgen disputas en el territorio capturado. El Estado es en realidad un stationary bandit, es decir, un ladrón que no se va y que expolia al ciudadano impidiendole obtener seguridad y justicia en formas netamente contractuales. A partir de ahí, todo lo que toca, es pervertido también como si se tratase de un Rey Midas a la inversa. Lo que sería oro, por citar el caso del dinero, se convierte en mísero papel grabado con rostros de militares y políticos muertos, Ley de Gresham mediante.


Ley de Gresham: Vulgarmente resumida en "el mal dinero saca al bueno del mercado", es una aplicación del efecto de control de precios al caso del dinero, pues crea una discriminación antinatural contra el uso de dinero de calidad puesto que el legislador ha equiparado forzosamente su usabilidad frente a otro dinero. Es un proceso de envilecimiento del aspecto monetario en una sociedad.


Lo mismo ocurrirá on otras áreas en que el Estado fije estándares. Sin embargo, antes de llegar al momento en este breve ensayo de darle una repasada al rol que instituciones como la "Casa de la Cultura Ecuatoriana" o el Ministerio de Educación y Cultura juegan en este análisis, retomemos por un momento un elemento precedente en la cadena causal y que ya fue mencionado. Se dijo ya que el ser humano formula sus proyectos según una escala de valoración cambiante, según los medios y fines disponibles. Pues bien, esta escala se trazará de forma personal y única para cada momento de la vida. No tendrá igual orientación hacia la gratificación presente un infante que un hombre de 40 años, que una madre de familia, que un anciano en el zenith de su vida. La decisión de postponer cierta gratificación en aras de volver su disfrute a) más oportuno, como el caso de una bebida fría para la hora más calurosa del día luego de leerse un reporte meteorológico, b) más complejo y se gratificación más elevada como puede ser confeccionarse una bebida que tome más preparación pero gratifique mejor, marca lo que se conoce como preferencia temporal. Una preferencia temporal alta, implica un carácter personal o social más orientado hacia el consumo y sobre todo, hacia el autoconsumo. El autoconsumo se ilustra perfectamente en la vida de un sibarita, que trata su cuerpo como vehículo de placeres varios, en desmedro de su cuidado y cultivo.


Una preferencia temporal baja, implica la capacidad y decisión de postponer gratificaciones. Se especifíca tanto capacidad como voluntariedad, puesto que los factores objetivos o intersubjetivos no determinan por encima del libre albedrío, ninguna decisión. Sin embargo, su peso es tan real como del aire que respiramos y que sin un análisis parecido a este, podriamos llegar a obviar con consecuencias potencialmente nefastas. Cuando se habla de capacidad, se puede pensar en un pescador, que al disponer de una pesca abundante del día que ha conservado salandola o congelandola, cuenta con ahorro que le permitirá construir una red. Esa red es un medio más exitoso para sus fines en tanto pescador. Sin embargo, hay pescadores que en todas las eras y paises, así como trabajadores de cualquier habilidad que preferirán pescar lo suficiente y aprovechar más tiempo de descanso en su hamaca. El pescador que ahorra e invierte su tiempo y una soga en fabricarse una red, ha demostrado una preferencia temporal más baja que su colega inmediatista.


Dice Hoppe: "Aún en la tierra de la abundancia, la gente evidentemente elegiría distintos estilos de vida, se fijaría distintas metas, tendría distintos estándares sobre el tipo de personalidad que quieren desarrollar y qué logros desean alcanzar. Es verdad, uno no necesitaría trabajar para vivir ya que existiría una superabundancia de todo. Pero, dicho drásticamente, uno aún podría elegir entre convertirse en un borracho o en un filósofo, lo que equivale a decir de forma más técnica que uno puede elegir utilizar su cuerpo en usos que pueden ser más o menos inmediatos en su recompensa, desde el punto de vista de la persona actuante, o puede utilizarlo para usos que rindan fruto en un futuro más o menos distante. Decisiones del tipo mencionado en primera instancia pueden ser llamadas “decisiones de consumo”. Decisiones, por otra parte, de disponer del propio cuerpo para un uso que rinde frutos luego, i.e., decisiones inducidas por una recompensa o satisfacción anticipada en un futuro más o menos distante que demandan que el actor enfrente tiempos de espera (¡el tiempo es escaso!), pueden ser llamadas “decisiones de inversión”—decisiones de invertir en “capital humano”: en el capital encarnado en el propio cuerpo físico." (Hoppe, 1989)


En el caso de la música, ocurre existe el mismo fenómeno. Un músico puede decidir cultivarse, lo cual generalmente le convierte en un músico académico (via conservatorio, profesores particulares y/o práctica incesante en solitario) o simplemente apelar a la parte más animal del ser humano. La batalla entre músicos y melómanos de orientación académica y aquellos que desprecian el autocultivo y generan música para el hombre masa, es tan antigua como la historia de la música misma. Sin embargo, el que lo marginal (en el peor sentido del término) se vuelva popular, tolerado o incluso exaltado, es un fenómeno que va de la mano con el estatismo. Ocurre por la suma de dos causas y se retroalimenta por distintos cauces. Estas dos causas son a) una distorsión profunda e institucionalizada de la preferencia temporal hacia el cortoplacismo, el hedonismo y el autoconsumo, y b) la Ley de Gresham aplicada a la valoración de la cultura y el arte.


Veamos qué dice el mismo prof. Hoppe sobre el estatismo y el carácter social distorsionado que provoca al limitar las opciones de los individuos:


"En el Jardín del Edén sólo existe una forma de hacer esto: acortar el tiempo de espera -reducir la inutilidad de la espera- y elegir un curso de acción que prometa resultados más inmediatos. Por ende, la introducción de propiedad agresivamente establecida genera una tendencia a disminuir las decisiones de inversión y favorece las decisiones de consumo. Expresado de forma drástica, conlleva una tendencia a convertir filósofos en borrachos. Esta tendencia es permanente y más pronunciada cuando la amenaza de intervención de los derechos del propietario natural es permanente y es menor en el grado en que la amenaza está restringida a ciertos períodos o ámbitos. De cualquier modo la tasa de inversión en capital humano es menor de lo que sería al permanecer ilesos y absolutos los derechos de control exclusivo por parte de los propietarios naturales." (Hoppe, 1989)


Esto ocurre así pues las intervenciones legales, los impuestos pero la existencia misma del Estado (que puede confiscar en cualquier momento y en cualquier medida, el fruto de nuestros proyectos) modifican institucionalmente las escalas de valoración subjetivas e intersubjetivas. El carácter social simplemente es cortoplacista (se verifica en la tasa de interés media del 6% en el s.XX vs. el 3% en el siglo XIX, habiendo bajado via ahorro y procesos civilizatorios -formación de capital cultural- un 0,5% cada siglo desde el medioevo) y eso genera un entorno artificial para las manifestaciones sociales, por libres que puedan parecer. Nada escapa a las leyes praxeológicas, ni un avión volando invalida la Ley de Gravedad. Como dijo Pedro Romero "El mercado ya no premia esa clase de productos artísticos", al referirse a la música académica. El horizonte temporal lleva a un círculo vicioso en que el hombre-masa no aprecia música de mejor confección (recordemos que existen clases de "Armonía" en las universidades, no se puede llamar a cualquier cosa "buena música", al margen de gustos. La distinción entre "es bueno" y "me gusta" debe quedar muy clara aquí. El grupo de rock 'Rush' es musicalmente excelente pero no es de mi agrado, mientras que el grupo 'Nirvana' con excepción de su baterista, era un grupo simplón e improvisado pero que es muy de mi agrado. Un pastel complicado no necesariamente es más rico que un simple banano, pero lo que se discute aquí es el entorno artificial, político, en que hacer buenos pasteles se vuelve prohibitivo.). La Ley de Gresham se aplica en este caso pues las escuelas públicas, los gobiernos locales, la Casa de la Cultura y el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), abogan frontalmente por el multiculturalismo y la equiparación forzosa en la categoría de "arte" y "respetable" tanto a "Las cuatro estaciones de Vivaldi" y novelas de Miguel Angel Asturias, con la música "rockolera" (para no salirnos del tema pero previendo uno adicional, se puede hacer una correlación entre la música lastimera y corriente, y la vida lastimera y corriente de quienes la disfrutan) o un libro de poesía erótica de lo más vulgar (no es lo mismo provocar como un Artaud o un Alfred de Musset que hacer apología de lo escatológico y pretender en ambos casos, música rockolera y poesía vulgar, recibir el apoyo de quienes deben liderar y educar en la pirámide social del buen gusto, como si fuesen alta cultura).


El reguetón apela para la región caribeña y sus zonas de influencia (en la cual estamos inmersos de la peor manera posible) a instintos sexuales, agresivos y gansteriles tanto como los narcocorridos lo hacen en el norte de México. Tomemos ejemplos respectivos de cada uno de estos dos géneros (reguetón y narcocorrido), pero que sean más comunes que la canción de "Calle 13" que N. Marmolejo utilizó y que incluso a quienes tienen gustos académicos y nunca pondrían un CD de reguetón en su automóvil, conocen de memoria en su letra por considerarsele excepcional en su género. "Atreve-te-te" no sería si no una excepción que confirme la regla y en más de una ocasión he escuchado "Odio el reguetón, pero esa canción es muy buena".


Vamos sin más, a los ejemplos que sí denotan la tesis que pretendo exponer.


Reguetón:


"Gillette" de Yasuri Yamileth (Ver video en http://www.youtube.com/watch?v=XRAgtmNuM-g )


"Mi nombre es Yasuri, Yasuri Yamileth, te metes conmigo y te saco la Gillette, te dejo una Ye que no es de ye-ye, sino de Yasuri Yamileth"


"Cógela que va sin jockey" de Looney Tunes ("cógela" y "va sin jockey" no son necesarias de explicar)


"Cógela que va sin jockey

La chica pide reggaetón a ese disc jockey

(Looney Tunes!)

Dime que pasó, broki?

Apunto de caramelo estan esas gatoskis

Afueguembel

Cógela que va sin jockey"


Narcocorrido: (genero que exalta al narcotraficante, sus proezas sexuales y sus asesinatos. Puede revisarse el efecto de dicha exaltación en la novela "Sin tetas no hay paraíso" de Gustavo Bolívar Moreno, sobre las jovencitas que escalan socialmente usando su cuerpo para ser parte del harem de un narco)


"Huevos y Frijoles" de El Halcón de la Sierra

"ya no soy el pobretón, aquel que todos humillaron, soy un hombre respetado"..."me gusta jalar parejo con la gente de mi barrio y si alguien me necesita no la pienso para ayudarlo"


Es la misma forma de exaltación de la violencia, el sexo divorciado de los sentimientos nobles, y el cinismo ante la vida, que observabamos en series de TV de los 1970's y principios de los 1980's en los EEUU, era en que las ciudades eran degeneradas, sucias, violentas y la cultura ciudadana era agresiva y mezquina. De ninguna manera es casual que esos hayan sido los años de mayor influencia del Welfare State en las grandes ciudades, cuando las escuelas públicas (socialismo educativo) eran centros de formación del hampa y del hombre masa.


Dos posibles objeciones:


Un músico que tiene éxito por una inmensa dosis de talento natural: reconocido por músicos académicos, sería un caso sui generis. De todos modos, en eras menos estatistas, su propia vida personal era testimonio de virtudes largoplacistas en una buena parte de los casos. Las excepciones eran casos de escándalo, y no la norma que el reguetón supone como rito de apareamiento socialmente exaltado.


La liberación sexual que el reguetón evidenciaria es señal de más y no de menos libertad: Ciertamente el puritanismo de la era victoriana no es para casi nadie, un parámetro de normalidad. Y es que no lo era: era otra forma de intromisión sobre la cultura, en momentos en que la Iglesia jugaba el papel de interventor cultural y moral que ahora juega el Estado. Una sociedad libre permite y alienta el placer, pero le da cauces naturales y cada vez más sofisticados y menos bestiales. Como dice la sicóloga Mabel Agurto: "el baile es una expresion corporal que permite el uso de tu cuerpo como posesion y espacio en el tiempo para los adolescentes..esa es su forma mas clara de expresion por que se estan definiendo en un cuerpo nuevo y en cierta manera lo estan aprendiendo a utilizar con el otro". Por tanto lo que nadie pretende negar aquí es el valor de entretenimiento del reguetón, ni el rol que tiene bailarlo. Lo que se disputa es que sea la mejor forma de expresión en tanto música, en tanto su estética de danza (el "perreo") y sobre todo, los valores que invoca.

El problema, como se dijo no es la existencia del reguetón. Tiene espacio, como en toda sociedad, cualquier clase de experimentos culturales. El problema es que se haya vuelto elemento vinculante tolerable en la cultura popular adolescente, cuando en generaciones anteriores se demandaba y se producía música muy superior bajo estándares académicos, inclusive para el hombre masa o el adolescente más alienado de su familia. Por turnos podriamos mencionar a Frank Sinatra, a The Beatles, a The Carpenters y a The Police, década por década. Si el tema es la rebeldía adolescente, incluso en el heavy metal encontraremos un altísimo grado de virtuosísmo en las guitarras y los vocalistas, además de letras inspiradas en temas clásicos o de cuño más filosófico o idealista, elementos todos ellos ausentes en el reguetón. En la escala de bienes aristotélicos, como bien de orden superior el reguetón es un mal sucedáneo a lo que podrian ser estímulos constructivos para la siquis humana. El propio heavy metal con su anarquismo instintivo y su presentación épica del bien, el mal y el heroismo, representa una alternativa que sí posee valor y en muy buena medida.


El reguetón es el hijo de dos causas y varios cauces. Las causas quedan ya expuestas aquí, y sobre los cauces baste decir que la presencia de un músico de conservatorio en una familia (podría relatar el caso de mi familia paterna cuencana) o varios melómanos cultivados, genera un círculo virtuoso para la apreciación de música clásica, jazz, buen rock o incluso buen pop (pensemos en Fleetwood Mac o Depeche Mode) y el desprecio por la música corriente y los comportamientos corrientes -y autogratificantes con daño cerebral o físico resultante- en general. Esa jerarquía de la calidad se refuerza voluntariamente, a través de liderazgo o necesidad de imitación aspiracional a través de las instituciones intermedias, como llamaba el sociólogo R. Nisbet a la familia, la comunidad inmediata, la iglesia, el club y otras instituciones que acolchonan al individuo e impiden que sea masilla para el Estado y sus planes de generar ciudadanos obedientes y uniformes por dentro y por fuera.


Al inverso, y recordando que en la adolescencia son los amigos la fuente de influencia más grande en gustos y preferencias de todo tipo, y en ausencia de una influencia como la de arriba en la infancia y preadolescencia, uno es víctima de una fuerte presión social por ser aceptado, incluido y validado en el grupo social. Si lo que el estatismo genera como castigo al autocultivo en artes e intelecto, si la Ley de Gresham actúa en la cultura equiparando lo inequiparable y los cauces sociales refuerzan en círculos viciosos y no virtuosos el gusto por la buena música, estaremos por un buen tiempo en la era del reguetón. Agradezcámosle a Platón, a Karl Marx y a Antonio Gramsci entonces y decisivamente, que el zeitgeist apunte hacia los bajos instintos y la decivilización. Larga vida al reguetón, digno hijo del Estado.